Me mueve contar historias que dejen huella: relatos que perduren y construyan el legado que quiero compartir.

Cuando en 2019 Diego me propuso fotografiar su trabajo, lo tomé como una gran responsabilidad. Nos une una amistad de tres décadas, desde que nos conocimos en la Facultad de Diseño, allá por los noventa.

Después de recibirse, Diego eligió otro rumbo: siguió los pasos de su padre y se dedicó a la apicultura.

Veinte años más tarde, para él, ser apicultor no es solo un oficio. Es una forma de estar en el mundo, de afinar la escucha con los ritmos de la tierra y sentirse parte de algo más grande.

El apicultor observa y acompaña los ciclos de la vida: la floración, las estaciones, el vuelo de las abejas, los cambios sutiles del clima y todo aquello que bulle en lo pequeño.

Es un oficio antiguo, casi tan viejo como nuestros mitos. Hace miles de años ya subíamos por acantilados con sogas y cestos en busca de miel silvestre. Desde entonces, en Egipto, Grecia, India y China, las abejas fueron admiradas y honradas por su trabajo y su extraordinaria organización.

Pero hoy, más que nunca, cumplen un rol vital que va mucho más allá de la miel.

Gran parte de lo que comemos depende de su vuelo y, sin embargo, las estamos perdiendo: agroquímicos, monocultivos, deforestación, enfermedades. Todo conspira contra su delicado equilibrio.

Por eso, contar esta historia importa.

Diego me dice:

—Saber que cuidás una especie tan importante para la vida en el planeta… le da otro sentido al trabajo de todos los días.

El apicultor no solo cosecha miel. También cuida una parte esencial de la biodiversidad, un eslabón invisible entre el campo y la mesa.

¿Cómo lo hacen?

Observando con paciencia.

Estudian el comportamiento de las abejas, controlan su salud, les dan alimento, espacio y abrigo. Ubican las colmenas lejos de los agroquímicos, en campos agroecológicos y cerca de flores silvestres.

No fuerzan.

Respetan los tiempos de la colmena y extraen solo lo que puede ser compartido.

Compré un traje por internet y, al probármelo, me sentí más Neil Armstrong a punto de despegar en el Saturno V que un apicultor listo para la cosecha.

Rodolfo, el papá de Diego, me lo había advertido:

—No cualquiera puede ser apicultor. O amás este oficio, o no durás ni un día.

Y eso me quedó claro apenas puse un pie en el apiario.

El zumbido de miles de abejas rodeándome era como la música inquietante de una película en la que todavía no pasa nada… pero algo está por pasar.

Era pleno verano. Treinta grados a la sombra.

Dentro del traje, parecían noventa.

El traje es blanco para no alterar el comportamiento de las abejas, que pueden reaccionar con mayor agresividad ante colores oscuros. El sombrero con velo se une al traje y sella cualquier entrada. La malla casi invisible mantiene una distancia segura entre el rostro y el mundo de las abejas.

Al menos una mano de espacio.

Un pequeño gesto de respeto entre especies.

Lo que no tuve en cuenta —y una abejita vio clarísimo— es que, al apoyar la cámara contra el velo y la cara para mirar por el visor, ese espacio desaparece.

El momento perfecto para clavar el aguijón.

Y así lo entendió esa pequeña oportunista, que me dejó la nariz como un morrón durante un par de días.

Una lección difícil de olvidar.

La apicultura ocurre en silencio.

Sucede entre pastizales alejados del ruido, siguiendo los ritmos de las estaciones.

Los apicultores son artesanos del tiempo. Aprendieron a observar antes de intervenir, a esperar, a reconocer cuándo es momento de actuar y cuándo es mejor no hacer nada.

Ese saber, transmitido de generación en generación, es el que me revelan Diego y Rodolfo mientras recorremos los colmenares.

En total fueron cinco viajes a sus apiarios.

 

Cinco encuentros con las flores, las abejas, el calor, el frío y los cambios de estación.