“Aquí se fía, pero mañana.”
—Sabiduría popular.

 

La vista es la del paisaje pampeano en estado puro: llanuras que se extienden sin apuro hasta donde alcanza la mirada.

Estancias antiguas asoman detrás de los alambrados, con cascos de otros tiempos, molinos de viento girando a lo lejos y caminos de tierra que se embarran con la lluvia y se secan al sol.

Cortinas de eucaliptos o álamos marcan los bordes del paisaje, plantadas alguna vez como reparo contra el viento.

Y el silencio del campo, tan lleno de vida.

Todo es simple y verdadero.

El cielo siempre es protagonista: amaneceres y atardeceres que arden en la línea del horizonte, noches profundas llenas de estrellas.

Como fotógrafo, no vengo solo a retratar. Vengo a estar.

Estoy acá por eso.

Y también para volver a la Pulpería La Esquina de Argúas.

Las pulperías son parte de la historia rural argentina. Entre los siglos XVIII y XIX, estos espacios fueron fundamentales en lugares donde la vida transcurría a otro ritmo.

No solo abastecían a la comunidad con productos básicos. También eran centros de encuentro donde gauchos y lugareños se reunían a compartir historias, tomar algo, jugar al truco o a la taba, escuchar música, bailar y, alguna que otra vez, terminar a los cuchillazos.

Las rejas sobre el mostrador no eran decorativas.

Las pulperías estaban en medio del campo o en los bordes de los pueblos, al costado de caminos de tierra. En sus estanterías había de todo: bebidas, alimentos, alpargatas, ropa, remedios, tabaco, yerba y hasta armas.

Algunas también funcionaban como oficinas postales y como una especie de banco, donde viajeros y vecinos podían guardar su dinero.

Con el tiempo, aquellas rejas dejaron de ser solo una protección y se convirtieron en parte del paisaje de la pulpería.

Hoy quedan apenas unas pocas de las cientos que alguna vez existieron, muchas de ellas en la provincia de Buenos Aires.

La Esquina de Argúas es una de las que siguen en pie.

Está en el partido de Mar Chiquita, dentro del campo Tierra Fiel, de la familia Saubidet, en un cruce de caminos rurales protegido por un puñado de árboles.

Fue fundada en 1817 por Juan Argúas, aunque, según cuenta Don Generoso Villarino, ya funcionaba desde 1804 como posta.

Durante más de dos siglos fue parada de carretas, galeras y chasques que viajaban hacia la costa.

La leyenda cuenta que por estos caminos pasaron Juan Manuel de Rosas y Dardo Rocha, y que José Hernández encontró aquí inspiración para algunos versos del Martín Fierro.

Ojalá algo de todo eso también me alcance.

Quizás me ayude a escribir las páginas de mi propio libro, Entre Paisajes.

La pulpería no siempre estuvo abierta. Durante un tiempo quedó en silencio, hasta que en 2006 la familia Saubidet decidió reabrirla.

En 2012, Don Generoso Villarino, cliente de toda la vida, tomó las riendas del lugar.

Tenía 73 años cuando Don Gregorio Saubidet le ofreció el puesto.

El 3 de noviembre de ese año cumplió un sueño largamente esperado: pasar del otro lado del mostrador.

Hoy, con casi 90 años, sigue ahí.

La pulpería conserva su estructura original: ladrillos asentados en barro, techo a dos aguas, rejas, mostrador, estanterías con botellas, almanaques e imágenes religiosas.

Y hace poco apareció una mesa de pool.

Afuera hay un palenque para atar caballos. Más allá, plantas de higos, horno de barro, cancha de bochas, discos de arado, parrillas, gallinas, perros, gatos, chanchos y conejos.

Hoy es domingo.

Estamos Flor, Abril, Manuel y yo.

No hay señal de celular.

Los chicos pueden vivir este lugar en primera persona.

Don Generoso nos trae una picada que, en este contexto, sabe a tradición.

Nació el 22 de diciembre de 1937 en el paraje Tamangueyú, partido de Lobería.

Llegó a Mar Chiquita contratado como peón por la estancia Tres Lomas. Después trabajó en El Tehuelche como tractorista y domador de tropillas, y pasó 17 años en El Pinar.

Mucho antes de convertirse en pulpero ya era un parroquiano habitual de la Esquina de Argúas.

Para él era “la diversión” y “el lugar para hacer amigos y charlar del campo”.

Su rutina sigue siendo tan particular como él.

No tiene horarios fijos.

Abre cuando abre y cierra cuando cierra.

Esa libertad también forma parte del encanto.

Tiene celular, pero no lo usa.

Hasta hace poco, ni siquiera tenía luz eléctrica. Se iluminaba con un generador viejo que encendía al caer el sol.

Mientras sirve un aperitivo, cuenta historias.

En 2018 fue declarado Patrimonio Cultural Viviente por la Provincia de Buenos Aires.

Es la segunda vez que le hago un retrato.

La primera fue hace diez años.

Disparo varias veces hacia las paredes, las mesas, las sillas y el mostrador gastado, tratando de llevarme algo de lo que se siente al pisar este lugar.

Mientras lo escucho, pienso en todo lo que habrá pasado entre estas paredes.

Cuántos hombres habrán apoyado los codos sobre esta barra.

Cuántas historias se habrán contado.

Cuántos caballos habrán esperado afuera.

Ahora mismo me gustaría que la cámara tuviera un reloj del tiempo.

Viajar 156 años atrás.

Tomar una caña en esa barra gastada, jugar al truco y escuchar las historias de arrieros y viajeros.

Que me cuenten sus aventuras.

Y, con un poco de suerte, cruzarme con José Hernández.