





Antes de partir hacia una nueva aventura, siempre armo una playlist.
Hay algo de ritual en eso: elegir las canciones que van a resonar con los paisajes que salgo a buscar.
La música siempre estuvo.
Mamá canta en el Coro Municipal de Rauch desde hace más de cuarenta años. Es soprano.
De chicos, la escuchábamos ensayar mientras iba y venía por la casa, cocinando, armando mochilas, preparando la ropa para el colegio y el jardín.
Con mis hermanos crecimos entre los sonidos tradicionales del folclore argentino: canciones hondas, llenas de raíz y sentimiento.
Esa música me llevó a bailar folclore durante varios años en las agrupaciones folclóricas Aspha Sumaj y Amigos del Folclore.
En el living de casa había un Wincofon: un mueble de madera de casi dos metros que incluía bandeja giradiscos, radio AM, reproductor de magazines, dos parlantes y espacio para guardar vinilos.
Para quienes no lo vivieron, ese tipo de mueble se llamaba “combinado”.
Fabricado por la marca argentina Winco, era mucho más que un aparato de música: era un dispositivo de teletransportación.
Había un disco que papá escuchó durante meses, años: Canta José Larralde.
La primera canción me transportó a paisajes como los que ahora mismo estoy recorriendo.
Cada vez que viajo por la Patagonia, la agrego a la lista: Quimey Neuquén.
En la voz de José Larralde suena el viento seco del sur.
Yo era chico cuando la escuchábamos alrededor del combinado.
No entendía del todo lo que decía, pero sentía que ahí había algo más que belleza.
Con los años, fui entendiendo.
Quimey Neuquén
Flor de los arenales
Regada en sangre del bravo Sayhueque
Grito que está volviendo
En tu desbocado potro pehuenche
Del cielo la onda noche
Se oye del viento la serenata
Tu voz la luna prende
En la negra cimba de mi araucana
Aguas que van, quieren volver
Aguas que van, quieren volver
Río arriba del canto prendido
Neuquén Quimey, Quimey Neuquén
Sol que se está gastando
En piedras lajas y turbias corrientes
Besó la sombra india
Que vuelve crecida
De un sueño verde
Ya madura el silencio
Por el agreste vientre de tus bardas
Quiere Rayén dormirse
Tiemblan sus entrañas
Enamorada
Aguas que van, quieren volver
Aguas que van, quieren volver
Río arriba del canto prendido
Neuquén Quimey, Quimey Neuquén
Neuquén Quimey, Quimey Neuquén
Neuquén Quimey, Quimey Neuquén.
“Quimey Neuquén” significa “Hermoso Neuquén”.
Se volvió mucho más que una canción: es un canto de amor a la Patagonia y a la resistencia indígena.
En pocos versos condensa una mirada nostálgica y ancestral sobre el paisaje, la historia y el pueblo mapuche. Hay en ella un profundo sentido de pertenencia: el deseo de volver a una tierra que permanece viva en la memoria.
Ese anhelo está maravillosamente resumido en una frase:
“Aguas que van, quieren volver.”
Milton Aguilar, nacido en Zapala en 1934, fue periodista, locutor y poeta.
Escribió el poema entre 1962 y 1964, mientras vivía en Buenos Aires, movido por una profunda nostalgia de su tierra.
Luego, Marcelo Berbel lo musicalizó y le dio forma de canción.
La versión que grabó José Larralde en 1967 es la más conocida y la que instaló Quimey Neuquén en el cancionero popular argentino.
Su interpretación, austera y poderosa, ancló la canción en el imaginario criollo con una fuerza que trasciende lo musical.
En su versión cambia levemente la letra original: donde decía “Flor de los arenales”, canta “Sol de los arenales”.
Su decir pausado y su estilo despojado, sin adornos, colocan a la palabra en el centro.
La guitarra y el bombo apenas acompañan.
Hay nostalgia, distancia y soledad. Todo encaja con el alma de esos versos.
Con el tiempo, la canción trascendió fronteras y generaciones.
En 2013, el productor platense Pedro Canale, con su proyecto Chancha Vía Circuito, la sampleó y remezcló.
Y ocurrió algo inesperado: su versión apareció en el último episodio de la última temporada de Breaking Bad.
La canción que había nacido de la nostalgia por una tierra lejana terminaba viajando al otro lado del mundo.
Hablé con Pedro, que me contó que alrededor de 2003 su hermano Francisco, que vive en la Patagonia, le había compartido un disco de José Larralde.
Cuando escuchó Quimey Neuquén, sintió que algo lo atravesaba.
“Me atravesó como una flecha: la belleza del ritmo loncomeo y la letra tan hermosa de Milton Aguilar... fue un flechazo.”
Años después, su versión llevaría esa canción a millones de personas que probablemente nunca habían escuchado hablar de Neuquén, de Larralde ni de Milton Aguilar.
Pedro me contó también que la inclusión en Breaking Bad tuvo una parte muy linda y otra no tanto.
La canción se desparramó por todo el planeta y mucha gente descubrió, a partir de ella, el resto de la obra de José Larralde.
Eso lo hizo muy feliz.
Pero también llegaron los problemas legales.
Había decidido incluirla en su disco Río Arriba y, supuestamente, tenían el visto bueno de Sony Music, que tenía los derechos del fonograma original. El problema era que nunca había quedado nada firmado: todo había sido de palabra.
Cuando la canción apareció en la serie, se desató una disputa legal.
Tuvo que gastar mucho dinero en abogados para demostrar que no había ganado un peso con aquello.
Aun así, se queda con lo lindo: con todo lo que esa canción generó y con la gente que la descubrió.
José Larralde, fiel a su estilo crudo, también habló alguna vez de lo que había ocurrido: “No vi un mango, no tengo convenio con Estados Unidos”.
La canción siguió viajando.
DJs y productores hicieron sus propias versiones y pronto empezó a sonar en clubes y festivales de distintos lugares del mundo.
Entre las versiones remixadas que sumé a mis últimos viajes está la del danés Be Svendsen, una fusión sutil que le agrega una atmósfera electrónica, emocional y subterránea.
También está la edición del DJ griego Kled Mone, todavía más contemplativa, y otra del DJ polaco Raidho.
Me gusta escucharlas mientras viajo por la Patagonia, por la Pampa, por el Norte, por Nepal y en la ducha también.