



Desde hace años camino entre bosques, montañas, lagos y desiertos, buscando paisajes que me devuelvan el pulso de la naturaleza.
Mi oficio ha sido capturar su belleza salvaje, retratar horizontes inmensos: cielos encendidos, cumbres nevadas, ríos abriéndose paso entre piedras.
Pero esta vez el paisaje me llevó a otro lugar.
Un territorio donde las hojas asoman entre los surcos, la tierra húmeda guarda el milagro de una semilla y unas manos trabajan sin apuro, siguiendo un saber antiguo: el tiempo de la naturaleza no se apura.
Me encontré fotografiando lechugas, zapallos y brotes con el mismo asombro con que antes miraba un glaciar.
En medio de un mundo de producciones aceleradas y alimentos cada vez más alejados de su origen, hay quienes eligen otro camino: sembrar, esperar y cuidar la tierra.
Son las huertas agroecológicas.
Así lo entendió Martín Biocca cuando empezó a sembrar Los Serenos Huerta Agroecológica.
Está en Estación Chapadmalal, a unos 15 kilómetros de Mar del Plata. Nació hace más de una década en una hectárea y hoy se extiende sobre más de 80 hectáreas de producción agroecológica y biodiversa.
No usa agroquímicos ni fertilizantes de síntesis.
El suelo se trabaja con paciencia. Las malezas se quitan una a una, muchas veces con las manos. Se observa, se espera, se interviene cuando hace falta.
Es un trabajo que exige cuerpo y presencia.
Y el resultado está ahí: papas con marcas de la tierra y del clima, hortalizas frescas, papas de colores, zapallos, brócoli y todo aquello que la estación decide ofrecer.
Ahora aprendo a soltar la búsqueda del paisaje grandioso para encontrar lo inmenso en lo pequeño.
La curva de una hoja.
Una gota de rocío.
El brillo de la tierra húmeda entre dos surcos.
Una semilla apenas asomando.
En cada disparo intento encontrar la intención de quienes trabajan este lugar: la paciencia, el cuidado, la espera.
Martín es ingeniero agrónomo y decidió producir alimentos sin agroquímicos en el campo familiar. Después se sumó Kali, su hija.
El proyecto también se convirtió en una manera de compartir ese conocimiento.
Los Serenos abre las puertas de la huerta a escuelas y visitantes. Los chicos pueden tocar la tierra, plantar semillas y ver cómo algo tan pequeño empieza a transformarse en alimento.
“Nos gusta que los niños toquen la tierra, planten semillas y vean crecer lo que sembraron”, me cuenta.
También participan en actividades junto al INTA y la Universidad Nacional de Mar del Plata, y brindan formación técnica a personas con discapacidad desde el INAREPS.
Pero quizás lo más importante sucede mucho antes de que una verdura llegue a la mesa.
Sucede cuando alguien decide mirar la tierra de otra manera.
No como una máquina de producir, sino como un organismo vivo que necesita tiempo, cuidado y descanso.
El vínculo con quienes compran también forma parte de esa manera de entender la producción. Algunos conocen la huerta desde los primeros años, visitan el lugar y saben quién sembró aquello que después llevan a su casa.
Hay algo poderoso en volver a conocer el origen de lo que comemos.
En saber de dónde viene.
Quién lo sembró.
Cuánto tardó en crecer.
Qué manos lo cuidaron.
Al recorrer la huerta, siento que estoy fotografiando algo más que alimentos.
Estoy fotografiando una forma de relacionarnos con la tierra.
Una forma más lenta, más consciente y, quizás, más cercana a aquello que durante tantos años salí a buscar en los grandes paisajes.
Este viaje me enseñó que la belleza no siempre se alza sobre una cumbre.
A veces florece, contra la corriente, en un pequeño brote que rompe la tierra.