La lluvia caía espesa sobre el valle del Urubamba aquella tarde de domingo, 23 de julio de 1911.

En su choza de barro y paja, Melchor Arteaga Iglesias pasaba las horas mascando coca y bebiendo chicha para espantar el frío.

Abajo, el río rugía con furia, arrastrando piedras y espuma.
Nada hacía prever que esa jornada sería distinta a tantas otras.

De pronto creyó escuchar que lo llamaban. La segunda vez lo oyó con claridad. A la tercera, se puso de pie con esfuerzo, tambaleándose; parpadeó para aclarar la vista y salió a ver qué pasaba.

Afuera lo esperaban dos hombres: uno, de uniforme cusqueño; el otro, un extranjero alto, de sombrero ancho y mirada ansiosa.
Estaban empapados, calados hasta los huesos.

Melchor pensó que, si habían llegado hasta allí bajo semejante tromba, debía tratarse de algo importante. En un instante, se le cruzaron mil ideas por la cabeza.

Había nacido unos 36 años antes, en el distrito de Huayllabamba, provincia de Urubamba. Se había dedicado a la agricultura y, cuando hacía falta, también a la herrería.

El hombre de uniforme se presentó como el sargento Carrasco, de Cuzco. El extranjero dijo llamarse Hiram Bingham. Querían saber si había ruinas incas más arriba.

Melchor había visto, desde niño, los grandes bloques de piedra entre la selva, allá en lo alto de Machu Picchu, la montaña vieja.
Todos las conocían. Se contaban historias de que habían sido construidas por el emperador Pachacútec siglos atrás, relatos transmitidos de generación en generación, como chispas que saltan en la oscuridad.
Los incas no tuvieron escritura; su memoria viajaba de boca en boca, en palabras encendidas alrededor del fuego.

Ya antes otros habían llegado preguntando por esas ruinas en la montaña.


Melchor levantó la mano, señaló hacia la cumbre cubierta de nubes y dijo:
—Allá, en Machu Picchu, hay ruinas.

El extranjero abrió los ojos grandes como soles. Sacó de su bolsillo una moneda de plata brillante y se la ofreció a cambio de que los guiara.
 

Con un gesto parco, Melchor asintió, sin imaginar el revuelo que aquello desencadenaría.

Hiram Bingham

Hiram Bingham III (1875–1956) no era arqueólogo, sino historiador y explorador. Nacido en Hawái, formado en Yale y Harvard, era profesor de Historia en Yale. Su interés por América Latina había comenzado al investigar las campañas de Bolívar y San Martín, lo que lo llevó a viajar al sur en busca de huellas de antiguas civilizaciones.

En 1908 estuvo por primera vez en Perú, estudiando rutas coloniales y andinas.
Quedó fascinado con los relatos de Vilcabamba, el mítico último refugio de los incas donde, decían, habían escondido su oro, lejos de los conquistadores.

En 1911 regresó al Perú al frente de una expedición financiada por Yale y la National Geographic Society, decidido a encontrar Vilcabamba. Después de muchos intentos frustrados, la lluvia lo puso frente a un mestizo que lo volvería famoso en el mundo entero.

Melchor no podía creer su suerte: en medio de aquel temporal, un sol había iluminado su choza y su ánimo. Ese sol era un sol de plata, y significaba vivir por lo menos una semana sin privaciones.

A los ojos de Bingham, Arteaga era un campesino más: pómulos marcados, ojos aguileños, el pelo oscuro y la mirada un poco perdida por la chicha.

A la mañana siguiente, bajo el mismo aguacero, Melchor, Bingham y Carrasco cruzaron el crecido río Urubamba por un puente de troncos y comenzaron a trepar la montaña por un sendero empinado, que se hundía en barro y raíces.  Ascendieron más de una hora hasta que llegaron a unas chozas donde vivían las familias Richarte y Álvarez.
Fue allí donde Melchor les presentó a Toribio Álvarez y a su hijo Pablo, de apenas diez años.
Fue Pablo quien los guió en el último tramo, atravesando la espesura hasta las antiguas terrazas donde cultivaban maíz y papas.

Al principio, Bingham no se sorprendió. Pero a medida que avanzaba, empezó a distinguir construcciones cubiertas de musgo, entrelazadas con árboles y raíces.

Al llegar a un promontorio, quedó maravillado ante “una enorme extensión de lo que parecían ser templos ceremoniales construidos en piedra”.

Al internarse en los  matorrales, encontró muros de granito blanco, tallados y ensamblados con tal precisión que no cabía una hoja entre sus bloques.
El asombro se volvió perplejidad: ¿cómo habían cargado hasta allí piedras que parecían pesar varias toneladas?
 

La ubicación era deslumbrante: entre las montañas de Machu Picchu y Wayna Picchu, con el río serpenteando a sus pies.

Lo que en 1911 apareció como un misterio cubierto de vegetación, pronto se transformó en escenario de excavaciones y hallazgos que revelaron la magnitud de una civilización.

En las expediciones de 1912 y 1915, bajo capas de maleza y siglos de silencio, emergieron más de cien tumbas con restos humanos, cerámicas rotas, herramientas de bronce y piedra, y frágiles textiles desgastados por la humedad.
Primero aparecieron los andenes agrícolas, que descendían como escaleras verdes por la ladera. Luego, el sector urbano, con templos, plazas y residencias. Y finalmente, los espacios sagrados: el Templo del Sol, la Plaza Sagrada y el Intihuatana, el reloj solar.

El mundo no supo de su existencia hasta 1913, cuando la National Geographic publicó un extenso reportaje sobre Machu Picchu y la investigación de Bingham. Desde entonces, él fue considerado el descubridor científico de la ciudad perdida.

Machu Picchu dejó de ser un secreto oculto en la niebla para convertirse en uno de los mayores símbolos de la civilización inca.

 Un lugar donde la arquitectura, el cosmos y la naturaleza se entrelazan en perfecta armonía.

Aunque, en rigor, Bingham no descubrió Machu Picchu: fue quien la dio a conocer al mundo.

Durante toda su vida, Bingham estuvo convencido de que Machu Picchu era la capital perdida de Vilcabamba, una teoría que lo obsesionó.
Sin embargo, investigaciones posteriores —especialmente las de Antonio Raimondi y, de manera más concluyente, Gene Savoy en los años 60— revelaron que las verdaderas ruinas de Vilcabamba, también llamada Espíritu Pampa, se escondían en la selva baja, a unos 80 km al oeste de Machu Picchu. Allí, en un mundo de montañas más bajas y vegetación distinta, la ciudad perdida esperaba pacientemente a ser redescubierta, abriendo un nuevo capítulo en la historia de la civilización inca.

Sin escalas a EEUU

En 1912, Bingham obtuvo permiso del gobierno peruano para trasladar a Yale miles de piezas “en calidad de préstamo” por 18 meses, con el compromiso de devolverlas.
El conjunto era enorme: cerámicas, utensilios, restos humanos, elementos rituales… No eran tesoros de oro ni joyas, sino testimonios arqueológicos invaluables.

Aquel préstamo se convirtió en disputa internacional que duró casi un siglo.
Las piezas viajaron a Estados Unidos, se estudiaron y exhibieron, mientras en Perú crecía la indignación por su retención.
Nunca se devolvieron en el plazo acordado: permanecieron en Yale casi cien años, guardadas en colecciones y depósitos, con reclamos peruanos que se repetían una y otra vez.

Finalmente, en 2011, coincidiendo con el centenario de la llegada de Bingham a Machu Picchu, Yale devolvió oficialmente parte de los objetos.


Hoy, muchas de esas piezas pueden verse en el Museo Machu Picchu de la Casa Concha, en Cusco.

 

Melchor Arteaga Iglesias

Melchor Arteaga Iglesias, el hombre que por un sol de plata abrió la puerta a uno de los hallazgos más grandes del siglo XX, nunca cosechó los frutos de su destino.

 Mientras Bingham se convertía en una figura internacional, su papel crucial quedó oculto, como las piedras cubiertas de musgo que él mismo había señalado en la montaña.

El 12 de noviembre de 1923, en Huayllabamba, su ciudad natal, las enfermedades de la época y la pobreza, lo llevaron a la tumba a los 48 años, sin aplausos ni reconocimiento.

 Mucho después, los historiadores rescataron su nombre como el eslabón decisivo en  la búsqueda de Bingham: el hombre que le mostró el camino que cambiaría la historia de la arqueología mundial.

 

Hoy, una placa conmemorativa en el Camino del Inca recuerda a Melchor Arteaga Iglesias.