Me encanta cuando me cruzo con un artista que viaja y vive de su arte. Me atrae ese modo de vida en el que la creación no es solo una forma de expresión, sino una manera de estar en el mundo.

Quizás por eso siempre me interesaron las historias de quienes hicieron del camino su casa: titiriteros, juglares, artesanos, vendedores ambulantes. Personas que aprendieron a trabajar con lo que tenían a mano y a moverse por el mundo llevando consigo su oficio.

En estas tierras también hubo hombres que hicieron del camino su lugar de trabajo. Los arrieros y reseros atravesaban la inmensidad de la llanura guiando tropas de caballos, vacas y ovejas, mucho antes de que los caminos asfaltados y los camiones cambiaran para siempre la manera de transportar animales y mercaderías.

Don Francisco “Pancho” Larralde, mi abuelo, fue uno de ellos.

Nació en Rauch el 12 de enero de 1901 y murió allí mismo, el 14 de septiembre de 1994. Durante buena parte de su vida se dedicó a guiar tropas que podían llegar a mil cabezas a través de la provincia de Buenos Aires.

Para entender lo que hacía hay que viajar unas cuantas décadas hacia atrás, cuando no había teléfonos y muchos caminos eran de tierra o se convertían en barro después de una lluvia.

—Tu abuelo llevó tropas de hasta mil animales a quinientos kilómetros de Rauch.

—¿Cómo hacés para arriar mil animales durante 500 kilómetros? —pregunta uno de sus hijos, que fue veterinario rural toda su vida.

La respuesta no era sencilla.

Había que conocer los caminos, los arroyos, las lagunas y el estado de cada paso. Saber dónde podían comer y beber los animales, qué campos habían sido utilizados por otras tropas y cuáles todavía tenían pasto.

Después de que pasaba una tropa grande, no quedaba demasiado para la siguiente.

En verano, cada animal podía tomar decenas de litros de agua por día. Con mil animales, conseguir agua suficiente era una cuestión de supervivencia.

Había que conocer la tierra.

—Yo me acuerdo —cuando era chico y sabía que papá se iba a un arreo, lo esperábamos un mes para que regresara con sus caballos.

El abuelo viajaba acompañado por sus perros y por una tropilla de caballos. Algunos sufrían lesiones, se lastimaban o no podían continuar. A veces había que dejarlos en algún campo y seguir.

No era para cualquiera ser arriero.

O te gustaba o no durabas ni un día.

El abuelo tenía una libreta que lo acreditaba como Capataz Arriero / Resero. Era el responsable de la tropa y de todo lo que pudiera suceder durante el viaje.

También tenía que saber cómo organizar a los hombres que lo acompañaban.

Había peones de distintas edades y personalidades. Algunos eran jóvenes, otros tenían mucha experiencia. Había que saber dónde ubicar a cada uno, resolver discusiones y mantener unido al grupo cuando el cansancio, el frío o el mal tiempo empezaban a hacer mella.

Siempre había alguno al que le gustaba empinar el codo de más y entonces todo se podía complicar.

También había que saber dormir.

No había hoteles ni comodidades. El único carro era uno grande donde viajaba el cocinero, Don Juan Marino, con los utensilios colgando a los costados.

Preparaba la comida mientras la tropa avanzaba.

Después, cada uno buscaba un lugar y se tapaba con su poncho encerado.

Si llovía, dormía bajo la lluvia.

La comida tenía que ser rendidora. Guisos y pucheros eran la base: grandes ollas que hervían durante horas sobre las brasas.

Cuando había suerte, aparecía un asado.

Y algunas noches se hacían tortas de rescoldo, amasadas con harina, agua y sal y cocidas directamente sobre las brasas.

La comida reunía a los hombres alrededor del fuego después de largas jornadas a caballo.

—Me estaba acordando... papá cruzaba el río Salado con sus tropas.

—¿Cómo cruzás el río Salado con semejante cantidad de animales?

Los animales tenían que nadar.

Había que conocer mucho.

Desde que inicié este camino de narrar historias, cada momento ha sido valioso. Los relatos de Entre Paisajes me conectan con todo lo que me importa.

El tío termina uno de los audios diciéndome:

—Y te felicito, Marianito. Si querés hacer algo que rescate algo que se va a olvidar, ¿sabés?

Mamá recuerda a su suegro con mucho cariño, como un caballero de fina estampa.

Papá siempre encuentra la manera de poner a Don Pancho de ejemplo en alguna conversación.

—Fue mi mejor amigo —me dice.

Las personas que lo conocieron, desde arrieros que trabajaron con él hasta dueños de las tropas y vecinos del barrio, coinciden en lo mismo: era una muy buena persona.

Yo tenía 18 años cuando falleció.

Al velorio vino mucha gente.

Don Luis

Mi otro abuelo, el papá de mamá, Don Luis Goñi, fue un gran artista.

En su taller, rodeado de álamos que se mecían con el viento, construía carretas con sus manos callosas. Doblaba hierros, trabajaba la madera y las embellecía con filetes.

—Papi era un gran artista filetero —recuerda mamá.

Y la voz se le llena de un orgullo que el tiempo no ha podido borrar.

El fileteado es un arte popular nacido en los arrabales de Buenos Aires a fines del siglo XIX. Sus líneas finas y onduladas, los colores vivos, las flores, las cintas y las frases ingeniosas lo hicieron inconfundible.

Al principio adornaba los carros que repartían pan, leche y verduras por la ciudad.

En el interior bonaerense, los artesanos lo llevaron a las carretas rurales y lo convirtieron en un lenguaje propio.

El abuelo Luis trabajaba en su chacra, cerca del pueblo, en un taller que olía a aceite de linaza y madera recién cortada.

Afuera, las gallinas picoteaban el suelo, las vacas pastaban tranquilamente y, más allá, estaba la huerta que la abuela Adeolinda cultivaba con esmero.

Mamá siempre cuenta que, cuando eran chicas, ella y sus hermanos se turnaban para agitar el fuelle.

Con cada movimiento, el aire avivaba el fuego de la fragua y el hierro se ponía al rojo vivo.

Después venían los martillazos.

Construir una carreta requería saber de hierro, madera, ruedas, pintura y muchas otras cosas.

Se elegían maderas resistentes, se armaban los ejes, se doblaban las planchas de hierro y, finalmente, llegaba la parte que más distinguía al abuelo: los filetes.

Cada carreta terminaba siendo diferente.

Una pieza de trabajo, pero también una obra hecha a mano.

Una poesía rodante que chirriaba sobre la tierra.

Con la llegada de los camiones y la modernización del transporte, las carretas fueron desapareciendo.

Los oficios también.

Pero algunas todavía sobreviven en fiestas y desfiles tradicionales, restauradas por personas que se niegan a dejar que esa parte de nuestra historia desaparezca.

En 2015, el fileteado porteño fue reconocido por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Pienso en mis dos abuelos.

Uno pasó buena parte de su vida a caballo, guiando animales por la llanura.

El otro se quedaba en su taller, entre hierro, madera y fuego, construyendo las carretas que durante generaciones recorrieron esos mismos caminos.

Uno conocía los caminos.

El otro construía las máquinas para transitarlos.